Rayuela: todas las novelas, la antinovela

Les ofrezco, a continuación, una visión muy particular y nada autorizada de Rayuela. Se trata de compartir con ustedes la experiencia literaria y vital que me supuso la lectura de esta obra. Espero que sea de su agrado y que se animen, si aún no lo han hecho, a leerla y/o frecuentarla.

Leer a Cortázar se convierte con frecuencia en un acto protosuicida, por lo revelador de su verbo y lo monstruosamente real de su ficción, pero leer Rayuela es, directamente, levantarte la tapa de los sesos, dejarte la vida conocida en un aparte y ponerte a vivir esa otra que está ahí mismo, debajo de la pata de la silla, al borde de la rutina… y tú no la habías visto. Cuando lees Rayuela, estás perdido. Irrecuperablemente. Desahuciado de la lógica y el orden, habitado y desordenado para siempre. Entonces dan ganas de sacar los dedos y contar los años perdidos, que no fueron otra cosa que años de búsqueda hasta dar con este libro que los contiene todos. Una suerte de biblia moderna pero sin pretensiones aunque plagada de milagros; una enciclopedia con el alfabeto descolocado pero íntegro; la historia del hombre que no sabe que contándose a sí mismo, nos cuenta a todos.

El mapa de la novela es el propio suelo, las baldosas marcadas por las que nuestro albedrío ignorante transita a saltos y retrocesos. Por eso todos somos Oliveira y vagamos por un París imposible, por un Buenos Aires fragmentado y caprichoso, por un Montevideo fugaz. Cortázar se convierte en un escritor que traiciona su estilo sin sonrojo como si cada día de escritura respondiera más a un estado de ánimo que a una voluntad estética; así que la visita impresionista a Uruguay (apenas unas horas de búsqueda infructuosa) convive con el hiperrealismo de una habitación mohosa en la que agoniza Rocamadour, con el puntillismo delicioso de una sesión de jazz o con el expresionismo escatológico de un encuentro sodomita y enamorado en el cuarto de un hotel de medio pelo.

Una vez reconocido el territorio, no hay quien renuncie a la tentativa de ser la Maga, Horacio, Talita, Traveler; de ser todos y a veces ninguno, de odiarlos y adorarlos sin solución de continuidad; de justificar, al fin, nuestra propia existencia en el devenir de todos ellos, que acaban siendo mucho más que personajes. Durante la lectura de Rayuela, cada capítulo -intencionadamente desbaratado pero conmovedoramente lógico- se convierte en un patio de vecinos, en un conventillo donde la vida es un acto heroico en ocasiones y la muerte, una certeza arropadora. En ese mundo de mentira, que nunca fue más verdad que en la novela, todas las paradojas son posibles; por eso, París y Buenos Aires no son más que los extremos de un círculo que los “hijos” de Cortázar recorren para no encontrarse nunca. Por eso Traveler y Oliveira son los modernos Quijote y Sancho, modelo de amistad perversa y fecunda; y Lucía y Talita son una sola mujer, absurdamente inventada por el corazón de un hombre que elige amarlas y aborrecerlas por incompletas, para acabar reconociendo su propia incapacidad y cobardía.

El resto son escenarios movibles y alucinados que Cortázar recrea a partir de un suave empujón al muro y pasa “del lado de acá” al “lado de allá” rellenando los huecos de su insatisfacción de hombre interrogante y desobediente que no renuncia a elucubrar sobre literatura, jazz, pintura, arquitectura… eso explica que Rayuela sea, en definitiva una metanovela, si se me permite, pero sin caer en la tentación de la esquizofrenia estética.

En caso de que hayamos elegido la opción “lectura tradicional” nos tropezaremos en el capítulo 56, con la malintencionada oferta que el autor nos hace, de interrumpir ahí no más la novela, de concluirla, de mutilarla; es por ello que, es de obligado cumplimiento desoír tal sugerencia y leer la obra como es debido, comenzando por el capítulo 73 y entregándonos sin remedio a un viaje existencial del que ya nunca regresaremos inocentes. Por fortuna.

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