Antonio Machado: Solamente Soledades

Una vez más, comparto con ustedes, no sin enorme prevención, estas impresiones acerca del enorme Machado y su Soledades. Ojalá sus versos les calen hasta los huesos, hasta formar parte de quienes ustedes mismos son. Ojalá los deje sin más opción que hacerse adictos al hombre bueno. A mí me sucedió.

En 1907 Antonio Machado publica Soledades. Galerías. Otros poemas. Pero antes, en 1903 había publicado Soledades, a secas; un librito con 60 poemas como 60 promesas de lo que había de venir; un puñado de versos tan auténticos y sinceros que hay que leerlos con cinturón de seguridad, bien amarrados al asiento si no queremos morir de vergüenza cuando nuestra congénita hipocresía vital choque contra la transparencia insolente de este poeta que escribía sin prisa, sin pausa y sin complejos.

Nacido en Sevilla, la de los inolvidables patios y limoneros, criado en Madrid,  educado en la Institución Libre de Enseñanza, y finalmente adoptado por Castilla, Machado creció y vivió entre libros e intelectuales. Unos y otros (obras, sabios, paisajes) hicieron de él un hombre culto, reflexivo, republicano y solitario; en definitiva, un hombre bueno para quien escribir era tan irrenunciable como respirar o tan naturalmente doloroso como vivir. En esta primera etapa a la que pertenecen sus Soledades, sus maneras son modernistas pero sin excesos. Pesa en él un notable influjo de Rubén Darío, a la sazón amigo y compadre en París, que en 1888 había publicado su Azul dejando boquiabierto e inspirado a Antonio. Cuando, con supuesto arrobo, mostró por primera vez sus versos modernistas al poeta nicaragüense, este no pudo menos que exclamar: “¡Admirable! ¡Admirable!”  Así que Machado decidió no dejar de escribir. Nunca.

Las mañas modernistas que asfixiaban con frecuencia las obras de otros poetas contemporáneos, rozaban lo sublime en Machado quien, dotado de un fino olfato poético y un oído prodigioso para la música que vive en el verso, supo coger lo mejor de aquel estilo, hacerlo suyo y librarse del lujoso empalago oriental y escapista de los modernistas al uso. Mudó palacios exóticos por sobrios campanarios de iglesia castellana; orquídeas y rarísimas aves del paraíso por rosas, limones y cigüeñas; alicaídas princesas anoréxicas por mujeres reales que se asomaban al balcón de sus caserones sorianos; la urgencia por huir del feísmo europeo lo cambió por la prisa en escapar de lo material e “introvertirse” y conocerse. En resumen, lo machadiano triunfaba sobre lo modernista sin pretenderlo el poeta pero sin poder evitarlo tampoco.

En Soledades, si es que se atreven, descubrirán versos de extraordinaria pureza y simplicidad, producto de un poeta que piensa mucho y escribe menos. Versos alentados por una ancestral visión del hombre como ser sintiente, vagante, pensante, caminante… de un hombre que es Machado y somos todos, sentados al borde de un camino, esperando a la muerte y al amor con igual parsimonia, entretenidos mientras tanto en la contemplación inteligente y sabrosa de la naturaleza, que es pájaro, árbol, sombra, polvo, flor, fuente, río, estrella o huerto; mecidos por los sonidos del agua, los gritos de los niños en las plazas, el viento haciendo sonar las hojas como castañuelas, los perros ladrándole a nadie, las comadres hablando de todo, el maestro dictando en el aula, la oxidada cancela abriéndose…

Todo en Machado se abisma a sus obsesiones y uno no sabe bien dónde acaba lo real y dónde empieza el símbolo. Libres de anécdotas o argumentos, sus versos valen lo que vale cada palabra que los compone, sin más deseo que el de mostrar en ellos el corazón humilde de un hombre solo, triste, taciturno y pobre. Por igual lo atormentaban las tardes heladas del invierno soriano que las tórridas horas de la siesta estival, pues no son las tardes más que puro reflejo del devenir de la edad y las estaciones van marcando el paso de una vida que se rasca en primavera, se despereza en verano, peina canas en otoño y se marchita en invierno. Para él, el tiempo no es real ni computable; el tiempo no es más que polvo sobre los muebles y las ramas de los árboles; polvo que viene del camino –auténtico protagonista de la poesía machadiana- y deja seca la garganta del lector para el que, afortunadamente, habrá una fuente de mármol con su agua fresca y su monotonía a la vuelta del siguiente poema.

En Soledades vemos con absoluta claridad a Machado practicando senderismo soriano sin poder evitar (esto es cosa mía) el agravio comparativo del callejeo colorista y flamenco de su Sevilla, tan distinta y tan lejana. Pero Soria, seca, fría, adusta y esquiva resultó ser una patria llena de caminos que son en sí mismos la razón vital del poeta (“se hace camino al andar”). Y no le faltó allí nunca, un río para pasar debajo de su puente, un viejo árbol con el que toparse y bajo el que esconderse, una plaza desierta y una fuente, un pueblo mudo donde recrear sus soledades y conversar despacio con su otro yo.

Soledades es escuela poética y ensayo en verso. Pero es, sobre todo, homenaje encendido a Bécquer, omnipresente en la polimetría, en el decir sencillo y casi desnudo, en la metáfora obvia pero no fácil, en la escasez de retórica lírica que paradójicamente convierte en más poesía si cabe a la palabra corriente. Machado depura el léxico, lo libra de lastres y complejos, lo utiliza sin vergüenza, limpio de pecado, virgen e inocente. Con Machado las viejas palabras nacen de nuevo y asoman su carita asombrada y fresca en cada verso.

Preparen botijo porque las Soledades se agarran al gaznate y no hay quien trague; buen sillón, manta envolvente que asoma el fresco, silencio completo, a ser posible, y chirucas de esas de hacer muchos kilómetros. Ahí tienen el camino. Háganlo y disfruten.

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