Fuente Ovejuna: Lope de vega hace de la venganza, justicia

En esta ocasión les traigo a Lope de Vega, un clásico inmenso sobre el que es imposible decir nada nuevo. Aquí les dejo un análisis hecho desde el amor de lectora antes que del de filóloga. Discúlpenme los errores y el atrevimiento.

Cuando estudiábamos Literatura del Siglo de Oro en el instituto, la figura de Lope se dibujaba siempre como el lado más amable y divertido de aquel triángulo genial rematado por el irreverente Quevedo y el ampuloso Góngora. Sin embargo, este topicazo que, como tantos otros cuajó en nuestra memoria colectiva de estudiantes, era no solo trasnochado y bisoño, sino una rotunda falsedad. Lope fue un hombre complejísimo, atormentado, pendenciero por vocación, vitalista, extremista, católico en la forma y como buen vividor, rendido en el fondo a la fama, al amor, a la aventura… y al poder.

Nacido en 1562 bajo el reinado de Felipe II, vio cómo aquel imperio donde nunca se ponía el sol, mermaba raudo y corrupto, a manos de validos y virreyes, protegidos por los indolentes monarcas Felipe III y Felipe IV. Por entonces, acostumbraba el poder a manejar los hilos de la “cultura” utilizándola en su propio beneficio y qué mejor que un gran escritor para defender aquellos ideales patrios de unidad y sometimiento a los monarcas absolutistas que veían peligrar su statu quo a manos de una nobleza empobrecida pero aún poderosísima y territorialmente muy fragmentada. Y es aquí donde Lope de Vega fue tentado y sirviéndose de uno de los tópicos más exacerbados del Barroco -la evocación del glorioso pasado nacional- se lanzó a escribir obras de teatro cuyo fin era el de ensalzar la omnipotente figura del rey en detrimento de los poderes locales. Y fue todo un éxito. Pero sería injusto realizar un análisis tan interesado y diezmado. Si bien no perdió oportunidad de cantar las excelencias de una monarquía poderosa y centralizadora, no es menos cierto que democratizó a un sector importantísimo de la población, dotándolo de valores y capacidades desconocidas hasta entonces. Con Lope, “los villanos” entendidos como habitantes de las villas o pueblos, dignificaron y elevaron su papel social y se hicieron merecedores de reconocimiento. Los hizo protagonistas de algunas de sus mejores piezas, los dotó de inteligencia y alto sentido de la justicia y, lo más destacable, los hizo merecedores de la tan barroca “honra” que hasta entonces, era exclusivo patrimonio de la nobleza.

Pero hablemos de su obra. En la trayectoria literaria de Lope de Vega destaca su versatilidad; no había palo literario que se le resistiera: poesía, novela y teatro, género este último que lo catapultó ya en vida a una gloria como nunca antes ningún escritor vivo hubiese conocido, ni el mismísimo Cervantes. Porque fue en el Teatro donde Lope resultó un auténtico revolucionario. Ya don Miguel o Lope de Rueda habían insinuado a través de sus “entremeses” y “pasos” la necesidad de una renovación dramática. Todas aquellas normas aristótelicas que regían los modos de la tragedia comenzaban a resultar estrechas para las altas miras de los nuevos dramaturgos. Consciente de estas limitaciones, escribe Lope su Arte nuevo de hacer comedias y pone la escena “patas arriba”. Derriba de un plumazo la asfixiante regla de las tres unidades, heredera del teatro grecolatino, que impedía los movimientos espaciales, temporales y factuales. Exhorta a los autores a crear obras en las que el público pueda verse reflejado. Inventa una serie de personajes “tipo” perfectamente reconocibles: el galán, la dama, el antagonista cruel, el barba (el anciano, el rey, el sabio), el gracioso, la criada… Y urge a los empresarios en ciernes a crear espacios propios de representación. En suma, dignifica el Teatro y lo renueva en todas sus facetas.

De las más de 400 obras de teatro que se conservan de Lope, entre comedias y dramas, una de las más famosas es esta que les traigo hoy: Fuente Ovejuna. Basado en un hecho real acontecido en 1476 en la villa cordobesa de Fuente Obejuna, este drama nos lleva hasta la España de los Reyes Católicos. En una pequeña villa, el comendador Fernán Gómez comete todo tipo de tropelías y abusos contra los habitantes del pueblo, un sencillo grupo de villanos que viven tranquilos y felices, disfrutando de una existencia plácida y suficiente. No olvidemos que otro de los lugares comunes de la literatura barroca era aquel del “aura mediocritas”, la dorada mediocridad, la conformista sencillez de una vida rural y sin pretensiones, que queda magníficamente expuesto en esta obra. En este escenario bucólico, el comendador campa por sus fueros raptando y violando a las mujeres del pueblo, engañando con ardides y malas artes al alcalde, robando y malversando y hasta enfrentándose al poder de los Reyes Católicos, quienes también aparecen aquí como personajes de la vida real insertos con verosimilitud en la trama.

Fuente Ovejuna, harta de los desmanes de Fernán Gómez, se toma la justicia por su mano y decide acabar con la vida del comendador. Desde el alcalde, agraviado por haber visto como aquel raptaba a su hija Laurencia, hasta Frondoso, prometido de la muchacha, pasando por Mengo, el gracioso brutalmente torturado por la guardia o Jacinta, la moza que desdeñando al comendador es entregada como carne barata a la soldadesca… todos acuerdan, como si de un solo individuo se tratase, dar muerte a semejante infame y terminar con la tiranía impuesta por él. Niños, ancianos, mujeres y hombres entran en casa del comendador y lo asesinan; a continuación, ensartan su cabeza en una lanza y cantan y bailan felices y satisfechos. Tal acontecimiento llega a oídos de los Reyes Católicos quienes deciden enviar a un pesquisidor para que investigue el caso y depure responsabilidades. Pero este, tras durísimas sesiones de tortura de las que no se libra nadie, solo consigue averiguar que fue todo el pueblo quien cometió el crimen.

“¿Quién mató al comendador?
Fuente Ovejuna, señor”

Al final… pero, no, no les cuento más; lean y entérense.

Más allá de las consideraciones puramente literarias y estilísticas, de las que cabe destacar una métrica adaptada a cada situación, la inclusión de cantos y coplas populares, el verso ágil y la rima cantora, el manejo diestro de los diálogos endiabladamente trenzados y ocurrentes, el brillo de las metáforas, la ruptura rítmica de los hipérbatos y el resto de consabidas tretas métricas y poéticas, la grandeza de Fuente Ovejuna está en lo que muestra sin ser contado. No solo resulta llamativo el novedoso tratamiento de los “villanos”, que comenté con anterioridad, o su voluntad de ensalzar la figura de la monarquía como elemento unificador e impartidor de justicia (ya tratado en El mejor alcalde, el rey) sino que resulta todo un descubrimiento sorprender tras muchos de sus versos, un cierto aspecto (permítanme) de democrática justicia:

“Cuando se alteran
los pueblos agraviados, y resuelven,
nunca sin sangre o sin venganza vuelven”

Tras esa elevación de categoría social con que premia a sus villanos se encuentra una doble explicación, social y económica. Verán: por entonces, las ciudades principales se hallaban abarrotadas de mendigos y pícaros procedentes de pueblos y aldeas de las que habían huido en busca de mejor fortuna. Es muy probable que este “menosprecio de corte y alabanza de aldea” tuviera más que ver con la necesidad de persuadir al pueblo contra el inconveniente éxodo a la ciudad que con la poética y tópica exaltación de la vida rural tan empleada desde el Renacimiento. En lo tocante al trasfondo social, conviene recordar que, por entonces, la nobleza, notablemente empobrecida, había procurado matrimonio y negocios con judíos conversos y ricos que, si bien habían engrosado sus arcas, asimismo habían ensuciado su sangre con la “despreciable” mezcolanza hebrea. En contraposición, los villanos ajenos a tales mixturas, aparecían como seres nobles cuya limpieza de sangre y su título de cristiano viejo estaban garantizados.

El asunto de la honra ya mencionado, constituye aquí un eje central; por un lado dota de contenido al crimen trasponiéndolo a la categoría de justicia más allá de la venganza y por otro nos recuerda el papel de la mujer en cuya pureza se cifraba la honra de toda una familia. Lo sorprendente aquí es un cierto giro “feminista” con el que Lope reviste de fuerza, derecho y valentía a las mujeres agraviadas que exigen venganza a sus hombres y que, en vista de la tibieza de estos, deciden tomar las armas y participar como iguales en el asesinato del comendador, enarbolando eso sí, la defensa de su honra mancillada.

Como verán y podrán comprobar cuando lean este drama redondo y fundamental, Lope no pierde ocasión de hacer acusación, publicidad y literatura. Una mezcla explosiva que me ha recordado, sin querer, a ciertos aspectos que muchos siglos después se trataron con parecido equilibrio en la literatura social y de denuncia.

Aquí se lo dejo. Viajen al siglo XV, sean testigos de cómo se las gastaba entonces el pueblo con los traidores, gocen con las buenas artes de Lope, aprendan un poco de historia, sean barrocos y dramáticos… y disfruten.

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