Miguel Mihura: Los sombreros absurdos

En tiempos absurdos como los actuales, conviene mirarse en el espejo de una realidad impensable pero posible. Don Miguel Mihura pone escenario y voz a unos seres confinados en un mundo no tal lejano ni tan distinto a este nuestro. Saquen sus sombreros y lean.

Acostumbro a imaginar de manera plástica y casi cinematográfica el momento de creación de los autores que les ofrezco. Los supongo afanosos y concentrados sobre el papel o la máquina de escribir o el teclado, buscando a cada renglón el verbo preciso, el adjetivo certero, el sustantivo absoluto. Sé que traman insospechados enredos en los que marear a sus personajes; que buscan finales epatantes y/o consecuentes, que riñen con su prole invisible cuando se le emancipa y va por libre… Pero ¿sabe un autor que está cambiando la Literatura y creando algo tan nuevo y diferente que no quedará otra que inventarle una etiqueta para más tarde introducirlo en los manuales y elevarlo a los altares de “clásico”? Fijo que no.

Don Miguel Mihura escribió Tres sombreros de copa como quien no quiere la cosa, allá por 1932. Habrían de pasar casi 20 años para que La cantante calva de Ionesco viniese a revolucionar el panorama literario con su “teatro del absurdo” y unos pocos más para ver cómo triunfaban merecidamente Pinter, Genet o Beckett. Así que Tres sombreros de copa nació sin vocación de trascender ni urgencia por innovar sino más bien, por la necesidad de contar desde el disparate, desde el humor amargo y no siempre entendido de un autor complaciente en lo vital y en lo político, más por estar distraído de las circunstancias que por tomar partido ideológico. Aún y así, el burgués y materialista don Miguel, inspirado e inconsciente abrió una puerta sin proponérselo. No cabe la menor duda de que todo el “teatro del absurdo” está en deuda con él.  Sería impropio, no obstante, tildar como tal su obra pues cuando esta nació la etiqueta no existía. Mihura sentó las bases de algo nuevo que ya se respiraba en el teatro del esperpento de Valle-Inclán o en las obras surrealistas de Lorca. La dimensión enorme de Tres sombreros… radica en la esencialidad de sus presupuestos, en la capacidad de la propia obra para condensar los principios de un teatro que demoraría aún dos décadas en triunfar. De hecho, la obra tardó 20 años en estrenarse, pues la crítica y los empresarios teatrales que la leyeron en 1932 la rechazaron por incomprensible, carente de argumento y sin interés comercial. Por fin, en 1952 el Teatro Español Universitario la puso en escena en Madrid. Las primeras representaciones fueron un éxito. El público, mayoritariamente estudiantes e intelectuales, supo apreciar su humor irreverente, disparatado, doloroso y naíf. Sin embrago solo estuvo en cartel 48 días. Simplemente dejó de interesar a unos espectadores hambrientos de astracanada y alta comedia burguesa, facilona y evasiva, tan del gusto de la época. Una lástima, porque Mihura entendió que para comer debía plegarse a los gustos del momento y tanto absurdo se le atragantaba a la sociedad de los 50. Pero Tres sombreros… vino para quedarse y hoy, casi un siglo después de su publicación, nadie duda de su calidad ni de su capacidad revolucionaria, incluso a pesar de su autor.

La historia es bien sencilla: en un hotelito de medio pelo de una ciudad provinciana y sin nombre, coinciden un hombre gris y corriente que allí acude a pasar su última noche de soltería, con un grupo de cómicos del circo y el music hall que está de tournée. La mediocre existencia de Dionisio y sus perspectivas de un futuro acomodado y sin sobresaltos se ven atropelladas por la cándida pero seductora Paula, bailarina y actriz, que entra en su habitación sin permiso ni sonrojo y encandila al desgraciado con sus ingenios y su vitalidad. Frente a ella, la casta sobriedad de su futura esposa se le antoja, por unas horas, insufrible. Con Paula descubrirá Dionisio que existen la risa, el baile y la borrachera, el caos y la esperanza, la alegría y la posibilidad. Pero con la madrugada, llega al hotel su futuro suegro y el compromiso ineludible. El final se lo dejo a ustedes.

Y atravesados en medio de aquel cuarto, que acaba pareciendo el camarote de los hermanos Marx,  tres sombreros de copa que el novio se ha agenciado para la boda y que, casualmente le sientan fatal: uno por grande, otro por pequeño y el último por estrafalario. Cuánta simbología tienen los objetos en esta obra, qué importantes resultan al cabo, cómo gritan desde su condición inerte: sombreros, conejos, carracas, luces, zapatos… Todo contribuye al disparate más extremo… ¿Y los diálogos? Canela fina. Humor en estado puro, ennoblecido por Mihura y puesto en boca y en gestos de unos personajes que no tienen desperdicio. Ya sus nombres lo dicen todo, principalmente los de aquellos que a modo de epíteto épico, se llaman simplemente El Odioso Señor, El Cazador Astuto, El Anciano Militar, El Romántico Enamorado… Comparsas todos de un despliegue escénico desquiciado en el que no faltan la mujer barbuda, la actrices prostituidas por el gerente, el pacato y ridículo dueño del hotel, a medio camino entre imbécil y enajenado, el suegro puritano, la futura esposa que no aparece pero se la presiente… en definitiva, un rebaño burgués y complaciente que choca con la carcajada irreverente y canalla de los cómicos y que despierta su envidia y su interés. Pero ellos, esos actores felices y despreocupados están también heridos por la vida, solos en su multitud, cegados por la misma luz que los enfoca. Como vampiros, con la mañana se apagará su vitalidad y la realidad tan sucia y previsible les recordará quiénes son.

Esta comedia, envuelta a propósito en un corsé clásico de tres actos, es un prodigio de estilo. Lo cursi, lo irreverente, lo vulgar, lo delicado, lo sublime y lo prosaico conviven y se alternan con naturalidad y chispa. Prepárense a reír a mandíbula batiente, disculpen, si es posible, cierto regusto machista y racista (recuerden, 1932…) y dispónganse a pasárselo bien sin contemplaciones. ¡Qué les voy a contar! Pues eso, que disfruten.

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