Bodas de sangre: La luna, el cuchillo y el caballo

Bodas de sangre es de las tragedias andaluzas la que más me gusta de Lorca. Una vez más les traigo unas reflexiones “a su caer” sin más pretensión que la de compartir con ustedes mis sensaciones tras la lectura del más preciado objeto de mi pasión lorquiana.

Sucede, en algunas ocasiones, que la línea que establece rigurosas fronteras genéricas en Literatura, se difumina hasta tal punto que prácticamente desaparece. Este es el caso. ¿Qué leemos cuando leemos Bodas de sangre? “Teatro” responderán ustedes. Y acertarán, claro; ya tienen el libro en las manos, han visto su estructura, han comprobado su formato impecable que lo encaja en la etiqueta de “género dramático”, se sienten complacidos y seguros. Saben lo que van a leer. Y empiezan… y a los cinco minutos se les aparece el fantasma de Lope de Vega en forma de rimas populares; a los diez, Lope de Rueda enseña el pie de sus Pasos; a los quince, descubren al Cervantes que apuntaló la historia más grande jamás contada con firmes soportes poéticos; a los veinte, perdidos entre la espesura de la trama y la belleza de la lírica, corrigen su etiqueta inicial y piensan: “Poesía; estoy leyendo poesía”. Y volverán a acertar. Leer a Lorca es un ejercicio de desconcierto, de mezcolanza impúdica, de enfrentamiento a lo telúrico y a lo trágico, de trascendencia de lo puntual para viajar a lo universal con escala en la belleza sangrante de su estilo. Lorca es siempre “entrante, primero, segundo, postre, café y puro”. Así que, sean generosos y dejen buena propina al salir.

Todo empieza una tarde cualquiera de julio de 1928; amodorrado en el salón de la Residencia de Estudiantes, Lorca hojea un diario y se topa -nada pasa por casualidad- con la noticia de una boda en Almería que, tras el secuestro de la novia por parte de un ex novio despechado, termina como el rosario de la aurora. Aquella mente efervescente e insaciable se dispara y posteriormente materializa su visionaria creación en una de las mejores obras que integran ese corpus que los entendidos han dado en llamar Tragedias (insisto, cómo nos complacen las etiquetas). Ha nacido Bodas de sangre. Es hora de cocinar.

INGREDIENTES

  • Un suceso real que imite al Arte delicada y asombrosamente.
  • Un decorado cuajado de elementos obligatorios: bosque, páramo, río, pueblo, cortijo, olivos, cuevas, iglesia, luna, caballos, cuchillos.
  • Un desfile de personajes sin nombre (excepto Leonardo): novia, novio, madre, padre, criada, vecina, amiga, mendiga, leñadores…
  • Una sólida cimentación poética que garantice la sujeción argumental: romances, coplas, nanas…
  • Una ausencia total de descripciones físicas de los personajes.
  • Una minuciosa descripción de detalles que adquieren categoría de símbolos e incluso de mitos: la corona de la novia, la trenza de su pelo, el reloj de oro del novio, la blancura encalada de las casas, la negrura atrayente del lecho del río, la palidez mortal de la luna, el sudor sexual del caballo reventado tras la carrera.

PREPARACIÓN DEL PLATO

Una vez dispuestos todos los ingredientes, Lorca comienza a crear. Aparta lo inservible, desecha lo superfluo, deshuesa lo carnal y lo reduce hasta lo más primitivo. Así, hombres, mujeres, niños y animales, perfectamente desnudos de nombre y rostro, se cocinan lenta y peligrosamente en la marmita de la tragedia. Cada párrafo es una premonición; cada verso, una anticipación del final inevitable. Los aromas del desastre lo ocupan todo. Los personajes avanzan sin remedio hacia un destino al que no pueden escapar: el fatum, ese ingrediente secreto. Cuando la cocción trágica está casi completada, se precisa de una luna hermosa, gorda, delatora y letal que ilumine el bosque del adulterio, que facilite la venganza necesaria, que obligue a los hombres a serlo más que nunca en esa noche terrible; que encierre a las mujeres en casas e iglesias a la espera de los muertos, que alumbre los pechos de la novia infiel para que sean la última visión de su amante. Cuidado; si la salsa no se liga con firmes movimientos antropológicos -quizá mejor bilógicos- se corre el riesgo de que se recocinen los personajes y la trama acabe derivando en una tragedia moral. Y eso, nunca. Lorca quiere una historia de machos heridos y hembras hambrientas; de mujeres solas y secas y hombres resentidos; de vecinas cotillas y malas y madres de úteros vociferantes. Aquí no hay juicios. Sólo animales sintiendo y defendiendo su territorio, su descendencia, su trascendencia. Un mundo redondo donde lo que “es” es lo que “tiene que ser”. Es por ello que los símbolos son los auténticos protagonistas de esta historia, los que soportan el peso de la anécdota puntual y convierten en poesía pura la más pura realidad: La luna es la muerte. El cuchillo, la virilidad y la fuerza. La madre, la protección y la represión. El bosque, el cómplice alcahuete. El río, el grito fluyente de la carne. El caballo, el sexo omnipresente.

PRESENTACIÓN DEL PLATO

En 1933, se estrena Bodas de sangre. Resulta un éxito. Arropada por una puesta en escena donde los mencionados símbolos ocupan un espacio trascendental, aromatizada con todos los tópicos andaluces y musicales que recuperan su autenticidad sin renunciar al folclorismo, ofrecida con esa humildad grandiosa de Lorca, la obra deslumbra a los entendidos y conmueve al pueblo, el público a quien siempre destina sus obras, convencido de que la cultura es el único modo posible de hacer libres y buenos a los hombres.

Ahora tienen ocasión de degustar, si aún no lo han hecho, el bocado literario más sutil de Lorca. No teman a la indigestión. Como siempre, disfruten. ¡Buen provecho!

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