Chantal Maillard: Asesinando a Platón a golpe de sinestesia

Les traigo esta semana a una de mis poetas preferidas, la belga Chantal Maillard. Para mí fue una epifanía su lectura; espero que, si no tanto, al menos sea para ustedes, si aún no la conocen, una revelación.

Les presento a Chantal Maillard: escritora belga, afincada en España, profesora de filosofía, profunda conocedora de la cultura hindú, acreedora de multitud de premios literarios y, sobre todo POETA, así con todo mayúsculas. La descubrí hace unos años y con ella comprendí que esto de hacer poesía era otra cosa, otra dimensión, otra desnudez. Ella es, indiscutiblemente, la más honesta de tod@s mis poetas conocid@s (sí, sí, incluido el honestísimo Bukowski).

Matar a Platón es el título que hoy les propongo. Se trata de un impecable libro-poema que constituye en sí mismo todo un tratado de filosofía vital. Partiendo de la premisa deleuziana de que acontecimiento y accidente son dos conceptos bien distintos, Maillard elabora un relato en verso, subtitulado en prosa, tan cruel como precioso. Un accidente de tráfico (el accidente) cobra en sus palabras una trascendencia y una universalidad que lo convierten en un hecho revelador (el acontecimiento) y uno bien podría ser el muerto, el perro, el camión homicida, la transeúnte espectadora, la hija desolada, la mano pre-mutilada, el drama. Y siendo todos ellos a la vez, adoptando esa curiosa y original perspectiva que nos propone, llegaremos a la empatía con el otro, la más bella forma de solidaridad y compasión -término, este último, entendido como la capacidad de conmoverse con el dolor ajeno desde el propio dolor-.

¿Por qué Matar a Platón? ¿Qué voluntad encierra el título? Recordemos que Platón creía únicamente en las Ideas puras, grandes, perfectas, denigrando a la categoría de meras sombras eso que todos damos en llamar “la realidad”. Maillard le rebate, verso a verso, su filosofía milenaria; lo destruye, lo reduce a un simple especulador de conceptos fríos, le demuestra su error de creyente ortodoxo y le ofrece con inusitada humildad este manojo de sucesos que vienen a demostrar que “lo real” existe en cada piedra que llora, en cada dolor escuchado, en cada visión pegada al paladar, en el tacto dulce y oxidado de la sangre, en el ensordecedor aroma de una media de seda que cae sobre el asfalto. La sinestesia ha ganado la batalla.

Pero aquí no termina la cosa y segundas partes a veces resultan mejores. Como coletilla inocente, deslizados con extrema discreción, se cuelan otro puñado de versos que bajo el título de Escribir nos dan una lección magistral de lo que significa ser poeta, sin caretas, descarnados y descarnándose, dejándose la piel en cada palabra, haciendo del arte oficio:

“…escribir
con palabras pequeñas
palabras cotidianas
palabras muy concretas
palabrasojo
palabras animales
palabras bocadegato
ásperas por dentro y por fuera
suaves como “tal vez”
palabraslatigazo
como “demasiado” y “tarde”
escribir
para no mentir…”

No se priven de esta joya. Deslícense por los versos huérfanos y sinceros de esta asombrosa escritora. Descubran que otro mundo es posible. Encuéntrense con ella de manera casual pero háganlo con vocación de quedarse. Siéntanla en su desesperación por explicarse, por contarse, por redimirse y entenderán el significado de sus palabras:

“…Escribo
para que el agua envenenada
pueda beberse.”

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