Vargas Llosa nos emborracha en la catedral

A pesar de tanto y no tan bueno, Vargas Llosa cuando era un genio de lo suyo. Ojalá les guste.

Qué sencillo y autocomplaciente resulta escribir acerca de un autor que admiras, que amas, que te enciende el alma, te completa la memoria y te enseña todos los caminos que no elegiste. Las teclas van suaves y los dedos veloces; se te mezclan las ideas con el entusiasmo y acabas siempre con la sensación de no haber señalado lo mejor, de no haber contagiado las ganas, de no haberte explicado lo suficiente. Sin embargo, cuando el autor se te atraganta, cuando el fulano te resulta mezquino, pesetero, retrógrado y mil lindezas más, ahí se complica el asunto. Y ni que decir tiene si para colmo, lo que has leído te arrebata. Este es el caso. Tras un esfuerzo morrocotudo, aquí me tienen separando la paja del grano, haciendo de tripas corazón y seduciéndolos con una de las mejores novelas escritas en español cuyo autor me resulta en lo personal, antipático, por decirlo suave. Vamos a ello.

Conversación en La Catedral es sencillamente una obra maestra de ingeniería literaria que supera con creces lo que, a priori, pudiera parecer un ejercicio más de experimentación narrativa con intenciones “modernas” tan de moda en los 60 y principios de los 70. Vargas Llosa, uno de los reyes del boom latinoamericano, echó los restos en este relato a dos voces que esconde mucho más que una charla fortuita.

Santiago Zavala y el negro Ambrosio se reencuentran en una Lima devastada por la ya superada dictadura de Odría (1948 – 1956) e infectada por la repugnante corrupción que nunca dejó de gobernar el país. Viejos conocidos (que no amigos), deciden tomarse unos tragos en La Catedral, un tugurio de mala muerte con aspiraciones a burdel vespertino, en el que van desgranando los recuerdos de un pasado común pero antagónico. Zavala es hijo de un empresario rico, representante de aquella burguesía bárbara que cohabitaba con los gobiernos, con independencia de su color y que, siguiendo la sana costumbre de otros tantos “hijos de papá”, deviene en comunista universitario, primero y en desencantado y gris periodista, después. Por su parte, Ambrosio es un negro de apariencia bonachona y pasado atroz. Chófer, guardaespaldas, torturador y asesino, es la encarnación del hombre del submundo cuya única meta es prosperar a costa de lo que sea, pero su condición de hombre pobrísimo, su raza y sus orígenes descastados lo condenan de antemano a la inmovilidad social. Él, que es medio analfabeto, pero no tonto, sabe que no tiene otra salida que la de convertirse en perro de poderoso y alimentarse con los restos que le van tirando… y medrar hasta tocar techo, para caer por último, en desgracia.

Entre cerveza y charla van apareciendo fantasmas del pasado, secretos inconfesables, conocidos y enemigos comunes, frustraciones incorregibles, explicaciones no dadas a tiempo, miserias puestas al sol de un país que se incinera en las brasas de una corrupción antológica y endémica que ha abocado al infortunio a todos sus ciudadanos, incluso a los más favorecidos. Lima, Chincha, Arequipa, Pucallpa… el sistema no conoce fronteras. Asuntos turbios, muertes no accidentales, abusos, mezquindades y traiciones son los comparsas que convierten en polifónica esta obra con pinta de dueto.

Con la impunidad que le otorga a la trama el tiempo pretérito, vamos descubriendo quién es quién en este enredo político, detectivesco, periodístico y asombroso que hacen de Conversación en La Catedral un auténtico informe sociológico de cómo funciona(ba)n en Latinoamérica las dictaduras y en manos de qué siniestros personajes dejaban los asuntos sucios del poder. Si les sigo contando, se la destripo y no es cosa.

Lo grande, lo magistral, lo delicioso es cómo lo cuenta, cómo lo trama, cómo lo enreda Vargas Llosa. Comenzarán a leer y no entenderán. Sigan. Continuarán leyendo y entenderán todo. Merece la pena superar el desconcierto inicial y dejar que la mezcla aparentemente caótica de diálogos y personajes se vaya ordenando sola; no omitan detalles, no olviden datos porque hasta la más inocente de las preguntas planteadas en la página (digamos) 33, será respondida en la 456 (digamos también). Y cuando se quieran dar cuenta habrán montado solitos y sin ayuda, el puzle argumental y sabrán ponerle cara y crimen a cada uno, pueblo y origen a cada cual. Con una claridad meridiana, oigan. No desfallezcan. Si se les embarulla en demasía el relato, prueben a fijarse en los tiempos verbales: “presente” para la charla tabernaria; “pasado” para palacios, mansiones, putas de lujo, torturas y calabozos.

La fiel reproducción del lenguaje de la calle, los modismos, las expresiones gremiales, los vocablos y eufemismos con los que el poder maquilla sus crímenes, los localismos gastronómicos y alcohólicos y esa manera de puro arte literario con la que Vargas Llosa nos sacude, no son más que otro de los atractivos de la novela para aquellos que buscan, a mayores, el placer estético de la lectura. Pues se van a hartar…

Suban al máximo su aire acondicionado (si es que tienen) o agiten, en su defecto, los abanicos para que puedan respirar un poco mientras leen esta maravilla. Sobresáltense y aterrorícense con la amable normalidad con la que los torturadores besan a sus hijos o fornican con sus queridas. Espántense del siniestro parecido de todas las dictaduras entre sí, sean del país que sean. Sientan ruborosa vergüenza por pertenecer al género humano y, si pueden, disfruten. O no.

Un pensamiento en “Vargas Llosa nos emborracha en la catedral

  1. Tengo que reconocer que no soy una lectora compulsiva pero al leer la sinopsisde esta novela, creo que voy a pedirla a la biblioteca y la voy a leer, muchas gracias.

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