Stefan Zweig: El día en que todo sucede

Stefan Zweig es un tesoro escondido, un billete de 500 arrugado y perdido en el bolsillo de un viejo abrigo, que la suerte quiere que encontremos antes de llevar al tinte; la última onza de chocolate cuando dábamos por terminada la tableta. Tras la empalagosa navidad, Zweig es depurativo, sanador y nutritivo. Que aproveche.

He aquí a un escritor cuya fama y gloria debieron ser mucho mayores de las que obtuvo y que, al contrario de lo que sucede con frecuencia, su muerte lo condenó al olvido; mientras otros ilustres suicidas multiplicaban con éxito la notoriedad de su obra, Zweig se borraba inexplicablemente de la memoria de sus contemporáneos. A pesar de haber luchado con ahínco a favor de una Europa unida, ilustrada y culta, el mismo nazismo que lo obligó a exiliarse de su Austria natal por ser descendiente de judíos, fue quien lo condenó a un ostracismo que comenzó a sufrir en vida. Su militancia en el pacifismo intelectual y su falta de determinación a la hora de declarase abiertamente antinazi le granjearon enemistades de uno y otro bando. Zweig se había mantenido al margen del asunto en un sentido estrictamente político; sus análisis acerca del conflicto europeo tenían un trasfondo filosófico y psicológico que les resultaba frío y ajeno a muchos de sus colegas intelectuales, activos militantes de la resistencia. Una revisión posterior y descontextualizada de su obra nos permite corregir, demasiado tarde, las interpretaciones erróneas que se hicieron de su vida, de su producción y de su ideología decididamente antifascista. Le faltó, quizá, gritar con más fuerza, golpearse el pecho de judío perseguido con más ahínco, ser más contundente en su condena, sacarles más brillo a sus medallas de escritor comprometido. Pero Zweig, burgués refinado y reflexivo, amante del sereno confort que ofrece una vida en la que el dinero nunca es el problema, se permitió explicar antes que condenar, indagar mejor que concluir y comprender sin juzgar. Con su suicidio les cerró el pico a todos aquellos que lo acusaban de tibio, pues habían sido su profundo amor por Europa y su extremo desprecio y terror por el nazismo que avanzaba sin freno, quienes le habían metido en la boca las pastillas que acabaron con él y con su esposa, en un acto de suprema lucidez.

Lo que hoy les traigo es una joya pequeña, discreta y poco conocida: Veinticuatro horas de la vida de una mujer. El título nos revela ya la aparente sencillez con la que Zweig contaba el mundo y que, lejos de resultar frívola o intrascendente, consigue guiarnos hasta lo sustancial partiendo de lo anecdótico.

La trama es básica: en un balneario del sur de Francia, unos años antes de la Gran Guerra, un grupo de veraneantes disfruta de los aburridos beneficios de las aguas termales y finge divertirse entre animadas sobremesas y partidas de cartas intrascendentes. Familias completas, enigmáticos viajeros, ancianas solitarias dejan pasar con elegante indolencia los días de vacaciones cuando, de pronto, estalla el escándalo. Una de los huéspedes, respetable y formal madre de familia se fuga con un atractivo desconocido que se había alojado en el hotel apenas unas horas antes. Trascendidos el estupor y la rabia del marido abandonado, el interés se centra ahora en el torrente de comentarios, chanzas, juicios morales e hipócritas sentencias que el resto de huéspedes se dedican a exponer con tal vehemencia que llegan incluso a perder sus modales. Y todo porque entre estos, se encuentra un taciturno joven que les desbarata el gozo de hacer leña del árbol caído. Nuestro héroe pone en solfa las prejuiciosas suposiciones del resto y mantiene con firmeza la teoría de que nada hay de despreciable ni criticable en la actuación de esta mujer que, llevada por la pasión no sólo amorosa sino también vital, decide apenas en unas horas cambiar toda su vida y no mirar atrás. Otra de las contertulias, una anciana de misteriosa serenidad y fuerza se siente atraída por las “modernas”, desprejuiciadas y liberadoras conclusiones que el joven expone sin miramientos y encuentra en él al perfecto depositario de su gran secreto. Reunidos horas después en la habitación de la mujer, ésta le revelará su propia historia, sin ocultar detalles, como suele suceder cuando de pronto nos encontramos contándole nuestra vida a un perfecto desconocido precisamente porque lo es.

Verán; ni el relato de la anciana, ni su historia poseen a priori nada escandaloso. A medida que avanza el relato, el lector del siglo XXI acecha las páginas en las que el adulterio, la desvergüenza, el sexo ilícito y condenable aparezcan. Nada de eso. Muy por el contrario, Zweig muestra una enorme contención al respecto pues su interés no se centra en los hechos sino en las intenciones, en los pensamientos, en las verdades desnudas y lacerantes que palpitan bajo los formalismos y las convenciones. En este sentido, no nos equivocamos al tildar esta obra de profundamente psicológica, pues ahí estriba la fuerza del argumento. Los seres humanos aparecemos como muñecos manejados por los prejuicios y la asfixiante autocensura con la que estrechamos nuestras miras y nuestra vida. Únicamente, el saludable ejercicio de reconocernos como seres imperfectos, mangoneados por las pasiones y legítimamente gobernados por la fuerza de la vida, puede salvarnos de una existencia vivida sin trascendencia ni riesgos. Vivir es peligroso, pero aún lo es más, mirarse en el espejo y reconocerse sin condenarse.

Y toda esta amalgama de sensaciones, sentimientos, culpabilidades y frustraciones las cuenta Zweig con una técnica narrativa impecable, manejando el ritmo de los acontecimientos y dosificando la información con la sabiduría de los grandes. En ocasiones, les parecerá estar leyendo a Dostoievski; a veces, creerán ver a Kafka; casi siempre, reconocerán el ambiente de las novelas aún realistas de principios de siglo XX, pero nunca dejarán de oír la voz nítida de Zweig, denunciando la hipocresía social y moral que parece inmovilizar con cruel determinismo a la sociedad europea cuya redención pasa por el imprescindible ejercicio de reconocernos como vivamente imperfectos y libres.

Descubran a Zweig si aún no lo han hecho. Lean despacio, pues no hay desperdicio alguno entre sus líneas, encuéntrense en la obra, recuerden esas veinticuatro horas que les cambiaron a ustedes la vida (pues, quién no las tiene…) y disfruten.

2 pensamientos en “Stefan Zweig: El día en que todo sucede

  1. Increíble la psicosis de este escritor ysu trayectoria, creo entender que les mataron más que suicidio. No?. Sea como sea creo que serán interesantes sus obras

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