Marcos Ana: Árboles, prisiones y vidas

Les traigo en esta ocasión, una lectura para el encierro desde otro encierro terrible, el del gran Marcos Ana que supo hacer, como nadie, de la necesidad, virtud y de la prisión, libertad.

Decidme cómo es un árbol no es una novela, ni un libro de poesía, ni una autobiografía al uso, ni un revival panfletario y lacrimógeno. Es un grito, o mejor, un canto a voz en grito, una declaración de principios, una explicación del mundo visto a través de unos ojos puros y de un corazón que nunca fue prisionero del rencor ni del odio; un corazón rendido sólo a un altísimo sentido de la justicia y la bondad. Cuidado; tampoco es una hagiografía ni un ejercicio repelente de autobombo. Decidme cómo es un árbol es una rara delicia bibliográfica que se lee con apetito creciente, que nos emociona y nos consuela, que nos enseña y nos exige complicidad lectora y vital.

Marcos Ana -Fernando Macarro para la familia- pasó 23 años en las cárceles del franquismo; es uno de los presos políticos españoles que permaneció más tiempo encerrado sin que pesasen sobre él cargos por delitos de sangre. Sobrevivió a varias penas de muerte abortadas a última hora, a incontables penurias físicas y psicológicas; padeció hambre, aislamiento y tortura. Entró en la cárcel con 19 años. Las rejas y los patios ciegos de diferentes penales lo vieron hacerse un hombre. Cuando llegó la libertad, tenía 42 años, toda una historia que contar y toda una vida que vivir… y vaya si la vivió…

Y es que hay existencias que son de obligado relato por lo ejemplificantes y coherentes. A menudo, la vida personal de un autor no se toma en cuenta a la hora de comentar su obra pero en el caso de Marcos Ana resulta imprescindible conocerla para mejor degustarla en cada verso, por amargo que este sea. En este maremágnum de recuerdos prolijos a veces o desbaratados por la memoria caprichosa otras tantas, Marcos Ana luce con honorable impudicia sus heridas más hondas, sus conquistas más audaces, sus miserias físicas, sus grandezas y sus flaquezas. En definitiva, esta es la historia de un hombre que decidió sacar provecho de la más extrema adversidad: crecer, aprender, compartir, sufrir y sobrevivir fueron las asignaturas básicas de su encierro y jamás un reproche, ni una sola línea de rencor, ni un verso resentido. La poesía de Marcos Ana y esta biografía conforman un espacio libre de odio. ¿Qué mejor demostración de generosidad e inteligencia?

Narrada con un estilo sencillísimo y ameno, Decidme cómo es un árbol se devora sin sentir porque a ese cúmulo de experiencias intransferibles y apasionantes, hay que sumarle un desfile imponente de reputadísimos amigos solidarios con los que estableció una estrecha relación: Rafael Alberti y María Teresa León; Salvador Allende; La Pasionaria y Carrillo; Julián Grimau… la lista es interminable: camaradas de partido, compañeros de prisión, políticos, escritores, pintores… y Pablo Neruda a quien, de algún modo, le debemos estas memorias, pues fue él, con su fuerza y empeño quien convenció a Marcos Ana para que escribiera su vida y nos hiciera llegar a todos su luz y su verdad: la verdad.

Para mayor disfrute, si cabe, nos vamos encontrando entre las páginas, poemas deslizados con acierto, encajados en la misma narración, humildes -como es él- y asombrosos; versos que saben a libertad vislumbrada, a dolor esperanzado, a sacrificio sin dioses, a nostalgia de lo desconocido:

“Decidme cómo es un árbol.
Decidme el canto de un río,
cuando se cubre de pájaros.

Habladme del mar. Habladme
del olor ancho del campo.
De las estrellas. Del aire.

Recitadme un horizonte
sin cerradura y sin llaves
como la choza de un pobre.

Decidme cómo es el beso
de una mujer. Dadme el nombre
del amor: no lo recuerdo.

¿Aún las noches se perfuman
de enamorados con tiemblos
de pasión bajo la luna?

¿O sólo queda esta fosa,
la luz de una sepultura
y la canción de mis losas?

Veintidós años… ya olvido
la dimensión de las cosas,
su color, su aroma…

Escribo a tientas: “el mar”, “el campo”…
Digo “bosque” y he perdido
la geometría de un árbol.

Hablo por hablar de asuntos
que los años me borraron.

(No puedo seguir: escucho
los pasos del funcionario).”

Y así, entre recuerdos que en sí mismos son ya pura poesía, entre anécdotas deliciosas o sombrías, se nos va dibujando el mapa del horror de esos años violentos y tristísimos (que nada tienen de poéticos…), la historia con fechas, nombres y apellidos de víctimas y verdugos; un lamento prolongado y en voz alta destinado a no dejarnos olvidar.

Hace unos años tuve ocasión de escuchar en directo a Marcos Ana de quien tenía pocas referencias. Mi camino de oyente ignorante atravesó primero la curiosidad provocada por un anciano tan joven, después la empatía y finalmente llegó a la entrega. Y créanme, el viaje mereció la pena.

Lean esta vida sin ira y sin descanso; tomen lecciones de supervivencia y entrega. Y disfruten.

2 pensamientos en “Marcos Ana: Árboles, prisiones y vidas

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