Paul Auster: Cuando Brooklyn es casi el cielo

Les traigo esta semana a otro de mis dioses literarios: Paul Auster, el magnífico. Ojalá les guste cuarto y mitad de lo que me enloqueció a mí.

“Estaba buscando un sitio tranquilo para morir”. Leí la frase al menos tres veces y me dije que un libro que arranca con semejante promesa no era para dejarlo escapar. En sí misma, la sentencia es ya toda una novela inmensa que nos permite transitar por lo imaginado, lo supuesto o lo vislumbrado y que admite tantas propuestas como lectores. Les presento Brooklyn Follies.

Nathan Glass se instala en Brooklyn dispuesto a pasar allí los pocos años que le quedan tras ser diagnosticado de un cáncer de pulmón del que está curado pero que pesa sobre él como una espada de Damocles. Casualmente (¿?) se reencuentra con su sobrino Tom, aquel que antaño había sido la brillante promesa intelectual de la familia y que ahora por diversos avatares había terminado en el barrio, trabajando como clasificador de libros antiguos en una librería de viejo. Su jefe, el chispeante Harry Brightman había abierto el destartalado local con la intención no de enriquecerse, sino de esconderse de un pasado que lo acosaba y avergonzaba a partes iguales. Este es el trío que Auster nos ofrece como comienzo de una historia donde lo anecdótico se vuelve trascendental y la rutina, apenas una pátina intuida, constituye el enfoque existencial. No pude evitar durante la lectura, acordarme de la magnífica película Smoke, donde el solitario Harvey Keitel fotografiaba periódicamente la misma calle para ir comprobando lo que el paso del tiempo hacía con los lugares y con las personas… con nuestra vida.  No en vano Paul Auster fue coguionista de esta joya cinematográfica.

Este es un libro de obsesiones y complejos no resueltos, de búsqueda de respuestas metafísicas pero también ordinarias; grandes interrogantes que cobran sentido a partir de pequeñas preguntas. Las complicadas y psicoanalizables relaciones con los padres, con el amor, con la soledad, con el fracaso, con la muerte encuentran, si no respuesta, al menos consuelo en la resolución de cuestiones de orden práctico e inmediato. Nathan, el cínico atormentado y abúlico comprende al fin que la felicidad estriba en untarle a una mocosa la mantequilla en las tostadas. Tom, el gris y derrotado bibliófilo se consuela de su vacío existencial con la visión diaria y fugaz de una mujer inalcanzable. Harry, el histriónico librero gay, trafullero y encantador redime sus excesos con un heroico gesto final que lo reconciliará con la vida cuando ya es demasiado tarde. Todos ellos comprenden, al cabo, que su Hotel Existencia les ofrece en lo inmediato su “Suite Presidencial”.

Por supuesto la novela cuenta una historia y se pertrecha de todos los elementos narrativos que nos permiten concebirla como tal: personajes, acciones, orden cronológico, diálogos reveladores y un final. Como podrán comprobar, no le falta de nada. Pero no es lo sustancial. Lo que en ella sucede bien podría haber sido otra cosa diferente porque en Brooklyn Follies solo el barrio es inamovible; el resto deambula sin guion entre las páginas, en un ejercicio de deliberada improvisación por parte de Auster que, a veces podría confundirse con cierta falta de profesionalidad narrativa, pero no se lo crean. En el fondo a Auster le da igual lo que pueda suceder. Es otra cosa lo que él quiere contar; es otro viaje muy distinto al que él nos invita. De hecho, tras casi trescientas páginas de relato analítico, detallado y minucioso, donde expone sin pudor la intimidad afectiva y física de sus personajes (un hombre que llora tras masturbarse delante de los últimos trozos de pizza recalentada de su enésima cena solitaria, o un cínico que suplica a su hija que lo quiera, o una niña que se niega a hablar siguiendo un código inexplicable para el resto, o un vejestorio que se derrumba por el desamor mientras se relame mirando el culito de un muchacho…) tras todo este despliegue de detalles, Auster mutila su obra y condensa en las últimas páginas un final que sobreviene sin invitación previa y en el que lo previsible no lo es tanto. Tuve, al leerlo, la impresión de que su editor, abrumado por las prisas de lo comercial, lo hubiese llamado y le hubiese urgido:

-Paul, en 10 días quiero la novela en mi mesa-. Y él la hubiese rematado de cualquier modo, a hachazos narrativos, sin miramientos ni concesiones. Pero mucho me temo que la voluntad del autor fue darle precisamente ese final inverosímil y precipitado, como queriendo decirnos que lo de menos era cómo acababa o cómo empezaba todo aquello. Brooklyn Follies es un trozo de tiempo y espacio arrancado del devenir donde lo único relevante es demostrarnos que la vida es la más hermosa, dolorosa y letal de las contradicciones.

Sin temor a destriparles nada, los dejo con las últimas palabras del libro. Si bien las del comienzo eran una promesa, estas del final son la constatación de que el autor la ha cumplido… con creces:

“Pero de momento todavía eran las ocho de la mañana, y mientras caminaba por la avenida bajo aquel radiante cielo azul era feliz, amigos míos, el hombre más feliz que jamás haya existido sobre la tierra”.

Disfruten.

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