Cien años de soledad: García Márquez hace testamento

Cien años de soledad, uno de los jardines más intrincados en los que me he metido… como lectora y como articulista. Ahí lo dejo.

Esta es una de esas ocasiones en las que enfrentarse al folio en blanco produce un vértigo y una pereza infinitos porque ¿quién es el valiente que se atreve a decir algo más sobre esta obra, a añadir algún comentario inteligente y acertado que no haya sido ya pronunciado, publicado y proclamado multitud de veces? Por eso creo que lo mejor es escribir con la mayor humildad posible y toda la inocencia disponible. Lo intento.

Cien años de soledad es un billete sin regreso a un mundo donde todo es factible y singularmente sencillo. Los acontecimientos más insólitos, los hechos más increíbles y los personajes más delirantes ocupan la novela con un desparpajo asombroso y sinvergüenza; resulta imposible sustraerse al embrujo de su léxico plagado de significados desplazados, retorcidos, que abocan al lector al descubrimiento de posibilidades ignotas de su propio idioma. Una diminuta mosca en una inmensa telaraña de palabras, de conjuros, de jeroglíficos… a eso nos reduce la lectura de esta obra.

Ante un despliegue de incontables personajes cuyas acciones y presencia no dejan nunca un cabo suelto, la conclusión final es que el absoluto protagonista de la novela es Macondo, ese pueblo milagroso y fantasmal capaz de todos los delirios imaginables que termina autofagocitándose y autodestruyéndose movido por el mismo determinismo justiciero que un día lo fundó. Este alter ego de Aracataca, nacido de la nada y devuelto a ella sin dramatismos, es un pequeño feudo de polvo y viento, de callejas y vericuetos desordenados, de casas que crecen al ritmo de sus pobladores, de falsas avenidas ensanchadas por la prisa del comercio, de barrios rojos infestados de prostíbulos alucinantes y putas escuálidas y sonrientes, de compañías bananeras que llegaron con la fiebre del dinero y se fueron con la lluvia, de sagas familiares malditas y endogámicas, de luchas intestinas y huelgas cruentas. Y es tal la fascinación y la modorra que provoca en sus habitantes que, salvo en contadas e infructuosas ocasiones, nadie se va de allí y los que van llegando, se instalan sin saber muy bien porqué pero convencidos de que ese es  su destino. Se diría que todos han sido embrujados por aquel trozo de tierra que aman y aborrecen a partes iguales. Macondo es, en definitiva, un laberinto repleto de seres que vagan buscando la salida pero deseando no encontrarla y perpetuar así su viaje a ninguna parte.

La multitud de personajes fabricados por la inconmensurable inteligencia e intuición de García Márquez son los únicos posibles habitantes de tan singular espacio. A pesar de que el peso mayor lo carga la saga de los Buendía, las pequeñas apariciones de algunos secundarios constituyen una obra maestra de la ingeniería literaria. Seres sorprendentes y absolutamente nuevos en la literatura se concentran en la obra, atiborrándola de acciones y movimientos inesperados que se narran con una cotidianeidad que enseguida nos contagia; así que acabamos asumiendo la extravagante verosimilitud de los muertos que conviven con los vivos, de las matronas de 200 kilos de peso, de los gitanos que no envejecen ni mueren, de las ancianas de más de cien años, de los amores y los amantes que provocan incendios y terremotos desde sus hamacas colgadas en barracones polvorientos, de las mujeres frustradas cuyo resentimiento permanece intacto 50 años después, de incestos bíblicos animados por una fuerza telúrica imposible de esquivar, de hombres sabios y rudos de enormes penes conmovedores, de hembras de útero hambriento y risa desvergonzada, de vírgenes plagadas de hijos, de tesoros enterrados y hallados demasiado tarde… Absolutamente todo es posible.

García Márquez, el mejor cuentista que ha dado nuestra literatura, concentró en uno solo todos los relatos que su febril imaginación concibiera. A pesar de que su lectura podría parecer a priori, farragosa, desordenada e incomprensible, el consejo es dejarse llevar por la belleza de cada página, por la fuerza de cada personaje, por la magia absoluta de cada acontecimiento; sólo así se llega a la comprensión global de la obra. Cuando terminamos de leerla caemos en la cuenta de que sabemos y comprendemos quién es quién en este marasmo de nombres iguales y de vidas que no transcurren ni con el paso de los años.

El análisis de Cien años de soledad no termina nunca, pero sí este artículo que solo pretende ponerles la miel en los labios, provocarles la necesidad de viajar a Macondo, incitarlos a que conozcan eso del “realismo mágico” que se me antoja más “magia de la realidad” que otra cosa. Les adelanto un cameo humilde y revelador del autor en las páginas finales, una evocación respetuosa y admirada a Cortázar, un buen puñado de soberbias lecciones de Historia que los libros de texto no cuentan, un tratado sapientísimo del hombre y su devenir y un ejercicio de lectura devastador y maravilloso. ¿Qué otro, sino García Márquez tendría la genial ocurrencia de hacer que uno de sus personajes exclamara ante la visión de un tren por primera vez, una de las frases más hermosas e inocentes de toda la novela? Vean:

“Ahí viene -alcanzó a explicar- un asunto espantoso como una cocina arrastrando a un pueblo”.

Sabrán disculparme la dispersión de los comentarios. Quédense con el fervor y la entrega de mi recomendación de esta semana. Comiencen a leer sin prejuicios, múdense a Macondo una temporada, lleven ropa ligera y loción antimosquitos, cuídense de las hormigas, saluden a los Buendía… y disfruten.

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