II Jornadas virtuales de Teatro y Coeducación

La Academia de las Artes Escénicas de España reitera su colaboración con la APE Gerardo Diego Cantabria y nuestras II Jornadas virtuales de Teatro y Coeducación (Santander, septiembre 2021).

Es el segundo año que contamos con la inestimable colaboración de esta entidad a la que pertenece la directora de nuestras jornadas: Pilar Jódar Peinado, y una de nuestras ponentes: Eva Hibernia.

Este año hablaremos con y de las dramaturgas Laura Rubio Galletero, Mar Gómez Glez, Beatriz Cabur, Eva Hibernia y Concha Fernández Soto, así como de aportar herramientas para incluir la coeducación en las aulas de primaria y secundaria. Por lo que os animamos a participar con intervenciones que podrán versar tanto sobre las autoras invitadas como de experiencias en el aula con la inclusión de los valores coeducativos.

A continuación remitimos enlace al programa y a la bibliografía de las autoras invitadas:

La cuota es 10 € para socias y socios y 30 € para quienes no lo sean.

Podéis encontrar la información para inscribiros en el siguiente enlace:

Las plazas son limitadas y el plazo para recibir inscripciones y colaboraciones, tanto de asistentes como de comunicantes, finaliza el día 5 de mayo.

Más información en teatroycoeducacion@gmail.com

Os dejamos también el enlace a la noticia en el Facebook de la Academia

#IIJTC #enseñanza #coeducación #teatroespañol #teatrosiglo21 #dramaturgas

Ahora sí, Murakami

Lo prometido es deuda: vuelve Murakami con su gran novela de caballerías japonesa. Una joya. Ahí lo dejo.

Si recuerdan, hace unas semanas escribí mi artículo a propósito de la última novela de Murakami Los años de peregrinación del chico sin color. Entonces admití no haber comenzado con lo mejor de este autor y prometí leer lo antes posible Kafka en la orilla. Y lo hice. Lo leí. Lo devoré. Lo absorbí. Ahora, esponjada hasta los huesos y conmovida como en pocas ocasiones, intentaré reseñar esta historia sublime. No esperen orden ni concierto.

Kafka en la orilla me recordó a Cervantes, a Sófocles, a Homero o a Virgilio por lo que tiene de novela de viaje sin retorno, de exilio espiritual, de ostracismo voluntario o autoimpuesto, de búsqueda, de recorrido didáctico, de conversación con nuestro “otro”, de conclusión simple y llana. Al final está la verdad, esa que se encuentra tras responder a las preguntas que el camino propone y el destino dispone.

Kafka en la orilla me olió a té, a miedo, a ropa lavada, a abrazo de madre, a libro viejo y protector (¿y qué libro no lo es?), a estación de tren, a pelo de gato, a lluvia, a axila adolescente, a discreto perfume de mujer, a semen fresco, a ola borradora, a bosque y a futón sudado.

Kafka en la orilla me sonó a batir de alas de cuervo, a ronroneo minino, a risa monstruosa, a música clásica, a motor de camión, a monólogo interior, a clásicos griegos magistralmente recreados, a palabras gatunas, a cuchillos asesinos, a pies que se arrastran, a ruidos inciertos, a viento en los árboles, a silencios hirientes, a respuestas mortales.

Kafka en la orilla me supo a bol de arroz con anguila, a odio, a piel lamida con culpa, a sangre, a sed insaciable, a rencor generacional, a café del bueno, a agua fresca, a ausencias imperdonables, a abandono, a miseria humana, a grandeza humana, a búsqueda ciega, a Marlboro y a Kentucky Fried Chicken.

Kafka en la orilla me tocó como seda y puñal, como frío en una noche en manga corta, como primera vez con un primer libro, como baño de luz, como viaje a la sombra, como susto que se espera y se disfruta, como espejo al que no quieres mirarte, como manos apretando fuerte y tijeras cortando lazos, como mi propia vida, como la vida de todos… también la de ustedes.

Kafka en la orilla me mostró la simpleza de lo infinito, la curva que se cierra sobre sí misma, el gozo de los puntos de partida, la furia del aire llevándoselo todo y permitiéndonos recomenzar más fuertes, más sabios, renovados. Contemplé la desolación absoluta metamorfoseada en libertad, el amor ilimitado que brota de terribles decisiones de abandonar cuanto amas; entreví la posibilidad de ser más que uno en una sola vida, la pluralidad que los ensueños nos conceden y observé de cerca la delgadísima línea que ¿separa? lo real de lo anhelado.

Kafka en la orilla me obligó a cruzar puentes tendidos entre lo fantástico y lo mundano, entre lo atávico y arcano y lo tangible. Me acomodó en una confortable biblioteca donde nunca podría suceder nada malo y me demostró que el paraíso  está más allá del paisaje que un solitario muchacho contempla en un cuadro que cuenta sin palabras la intrahistoria de esta historia.

Kafka en la orilla me obligó a trascender argumentos, a olvidar finales previsibles, a ignorar la sintaxis y el estilo. Me forzó a tragarme la píldora de situaciones completamente inverosímiles en aras de verdades mayúsculas: allí donde la razón niega la posibilidad, el corazón entiende y acoge sin más preguntas. Tuve que asumirme como lectora-actora. No pude ni supe quedarme fuera. Y tanto  da que la cosa fuera en Japón o en España pues lo geográfico es circunstancial (que no despreciable). Aquí también sabemos de secretas pulsiones y bosques amenazadores que si no se cruzan te convierten en un condenado a muerte y que si se atraviesan te llevan al conocimiento y al renacimiento… pero antes te matan.

Kafka en la orilla me contó una historia con pies y cabeza; me regaló una caja de piezas sueltas que monté a mi antojo. Me habló de ternura, de estupidez, de búsqueda de identidad, de maldad suprema, de amor constante más allá de la muerte (gracias, don Francisco). Me permitió enamorarme de Nakata, el personaje más redondo, más profundo y más irreal de la novela. El hombre simplísimo que come, duerme y caga impelido por una urgencia que no es más que apacible espera de lo que está por venir. El viejo que, accidentalmente vaciado de memoria e inteligencia, recorre todo el país buscando la piedra de entrada y no ceja en su empeño hasta conseguirlo.

Kafka en la orilla es un sillón de psicoanálisis disfrazado de novela de aventuras. Aquí podrán ustedes matar cómodamente a su padre, acostarse con su madre, regresar irreconocibles a su Ítaca de la juventud, atravesar el Arno, volverse estatuas de sal de tanto revisar el pasado, recorrer su laberinto y abrazar a su minotauro.

No dejo de pensar en todo lo que queda por decir… Esta novela polimorfa, absorbente, delirante y adictiva ha ganado la batalla del análisis literario. Por eso les dejo aquí este montón de impresiones a modo de recomendación. Les suplico disculpen el exceso de subjetividad y la escasez de rigor. Lean y lo entenderán. Eso sí, esta vez, más que nunca les exijo que disfruten.

VII Edición Curso «Literatura y Vino» (Sesión 4)

Estimadas socias y socios de la APE, queridos amigos y seguidores:

Continuamos con la VII edición de nuestro ya veterano curso «Literatura y Vino». En esta cuarta sesión seguimos con la parte de «Literatura y Confinamientos».

En esta ocasión fueron nuestras compañeras Emilia Calleja Peredo (nuestra querida Mili) y Francisca Amparán Cardín (nuestra querida Kipa) quienes nos hablaron de dos escritores maravillosos y de sus magníficas obras sobre dos confinamientos muy importantes para la literatura europea del siglo XX: Mili nos retrotrajo a la vida y obra del imprescindible narrador francés Albert Camus y su impresionante novela La peste y Kipa nos metió de lleno en la vida y obra de otro imprescindible, en este caso el portugués José Saramago y su fantástica novela Ensayo sobre la ceguera. Y nos ambientaron con piezas musicales que nos permitieron viajar, ahora que es tan difícil, a la Francia de Edith Piaf con La vie en rose y al Portugal de la Revolución de los claveles con el himno de la libertad del pueblo portugués Grândola, vila morena.

Esperamos que lo disfrutéis.

Un abrazo y hasta pronto.


VÍDEO DE LA JORNADA

Marcos Ana: Árboles, prisiones y vidas

Les traigo en esta ocasión, una lectura para el encierro desde otro encierro terrible, el del gran Marcos Ana que supo hacer, como nadie, de la necesidad, virtud y de la prisión, libertad.

Decidme cómo es un árbol no es una novela, ni un libro de poesía, ni una autobiografía al uso, ni un revival panfletario y lacrimógeno. Es un grito, o mejor, un canto a voz en grito, una declaración de principios, una explicación del mundo visto a través de unos ojos puros y de un corazón que nunca fue prisionero del rencor ni del odio; un corazón rendido sólo a un altísimo sentido de la justicia y la bondad. Cuidado; tampoco es una hagiografía ni un ejercicio repelente de autobombo. Decidme cómo es un árbol es una rara delicia bibliográfica que se lee con apetito creciente, que nos emociona y nos consuela, que nos enseña y nos exige complicidad lectora y vital.

Marcos Ana -Fernando Macarro para la familia- pasó 23 años en las cárceles del franquismo; es uno de los presos políticos españoles que permaneció más tiempo encerrado sin que pesasen sobre él cargos por delitos de sangre. Sobrevivió a varias penas de muerte abortadas a última hora, a incontables penurias físicas y psicológicas; padeció hambre, aislamiento y tortura. Entró en la cárcel con 19 años. Las rejas y los patios ciegos de diferentes penales lo vieron hacerse un hombre. Cuando llegó la libertad, tenía 42 años, toda una historia que contar y toda una vida que vivir… y vaya si la vivió…

Y es que hay existencias que son de obligado relato por lo ejemplificantes y coherentes. A menudo, la vida personal de un autor no se toma en cuenta a la hora de comentar su obra pero en el caso de Marcos Ana resulta imprescindible conocerla para mejor degustarla en cada verso, por amargo que este sea. En este maremágnum de recuerdos prolijos a veces o desbaratados por la memoria caprichosa otras tantas, Marcos Ana luce con honorable impudicia sus heridas más hondas, sus conquistas más audaces, sus miserias físicas, sus grandezas y sus flaquezas. En definitiva, esta es la historia de un hombre que decidió sacar provecho de la más extrema adversidad: crecer, aprender, compartir, sufrir y sobrevivir fueron las asignaturas básicas de su encierro y jamás un reproche, ni una sola línea de rencor, ni un verso resentido. La poesía de Marcos Ana y esta biografía conforman un espacio libre de odio. ¿Qué mejor demostración de generosidad e inteligencia?

Narrada con un estilo sencillísimo y ameno, Decidme cómo es un árbol se devora sin sentir porque a ese cúmulo de experiencias intransferibles y apasionantes, hay que sumarle un desfile imponente de reputadísimos amigos solidarios con los que estableció una estrecha relación: Rafael Alberti y María Teresa León; Salvador Allende; La Pasionaria y Carrillo; Julián Grimau… la lista es interminable: camaradas de partido, compañeros de prisión, políticos, escritores, pintores… y Pablo Neruda a quien, de algún modo, le debemos estas memorias, pues fue él, con su fuerza y empeño quien convenció a Marcos Ana para que escribiera su vida y nos hiciera llegar a todos su luz y su verdad: la verdad.

Para mayor disfrute, si cabe, nos vamos encontrando entre las páginas, poemas deslizados con acierto, encajados en la misma narración, humildes -como es él- y asombrosos; versos que saben a libertad vislumbrada, a dolor esperanzado, a sacrificio sin dioses, a nostalgia de lo desconocido:

“Decidme cómo es un árbol.
Decidme el canto de un río,
cuando se cubre de pájaros.

Habladme del mar. Habladme
del olor ancho del campo.
De las estrellas. Del aire.

Recitadme un horizonte
sin cerradura y sin llaves
como la choza de un pobre.

Decidme cómo es el beso
de una mujer. Dadme el nombre
del amor: no lo recuerdo.

¿Aún las noches se perfuman
de enamorados con tiemblos
de pasión bajo la luna?

¿O sólo queda esta fosa,
la luz de una sepultura
y la canción de mis losas?

Veintidós años… ya olvido
la dimensión de las cosas,
su color, su aroma…

Escribo a tientas: “el mar”, “el campo”…
Digo “bosque” y he perdido
la geometría de un árbol.

Hablo por hablar de asuntos
que los años me borraron.

(No puedo seguir: escucho
los pasos del funcionario).”

Y así, entre recuerdos que en sí mismos son ya pura poesía, entre anécdotas deliciosas o sombrías, se nos va dibujando el mapa del horror de esos años violentos y tristísimos (que nada tienen de poéticos…), la historia con fechas, nombres y apellidos de víctimas y verdugos; un lamento prolongado y en voz alta destinado a no dejarnos olvidar.

Hace unos años tuve ocasión de escuchar en directo a Marcos Ana de quien tenía pocas referencias. Mi camino de oyente ignorante atravesó primero la curiosidad provocada por un anciano tan joven, después la empatía y finalmente llegó a la entrega. Y créanme, el viaje mereció la pena.

Lean esta vida sin ira y sin descanso; tomen lecciones de supervivencia y entrega. Y disfruten.